NUESTRA HISTORIA:
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Nuestra Comunidad hunde sus raíces en el siglo XIII, en el Monasterio Cisterciense de San Clemente, allende el Adaja.
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Antiguo Monasterio de Sta. Ana
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En el s. XIV, en el año 1.331, Don Sancho Dávila, obispo de Avila, queriendo remediar la pobreza de las monjas cistercienses de San Clemente, cuyos edificios se encontraban en ruina, inició la construcción de un monasterio en el arrabal noreste de la ciudad. No se trata de una fundación, sino de un simple traslado.
Las obras duraron 19 años y Don Sancho puso al frente de la comunidad como abadesa a Doña Yllana Muñoz, abadesa que fue del monasterio de Sancti Spiritus de Olmedo.
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Santa Ana. s.XV
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También le cambió el nombre: ya no se llamará de San Clemente, sino de San Benito.
Desconocemos la fecha en la que el monasterio dejó de llamarse de San Benito; quizá la lápida conmemorativa de su fundación: 1.350 sea el último documento en que aparece designado con ese nombre. En adelante, será conocido con el nombre de SANTA ANA.
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El 25 de julio de 1.493, el papa Alejandro VI inicia una campaña reformadora en la Iglesia y en España, confía la tarea a D. Alonso Carrillo de Albornoz, obispo de Catania, visitador y reformador de la Orden Benedictina, quien llegó a Avila el 3 de diciembre de 1.497, con plenos poderes, entre los cuales se consideraba el caso de uniones de monasterios, traslados, etc.
En su visita a los monasterios se da cuenta de que los monasterios cistercienses de Santa Escolástica y San Millán, se encuentran muy decadentes, mientras que el de Santa Ana, tenía vitalidad, por lo que impuso a los dos primeros la dolorosa solución de abandonar su propio viejo edificio y unirse al de Santa Ana. El día 5 de noviembre de 1.502, D. Alonso firmaba el decreto por el que quedaban unidos los tres monasterios cistercienses, constituyéndose jurídicamente uno solo, bajo la autoridad de la Abadesa del monasterio de Santa Ana, que a la vez entraba en posesión de los edificios y bienes de los monasterios de Santa Escolástica y de San Millán. El papa Julio II confirmó esta unión con una bula del 10 de diciembre de 1.503.
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En los siglos XVI y XVII maduraron en Santa Ana, frutos de santidad, entre los cuales se cuenta a Doña Petronila, (+ 1.608), Doña María de Cristo (+ 1.606) y las más conocida, Doña María Vela, denominada "la tercera mística de Avila".
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Al finalizar la guerra civil española, va fermentando en nuestra comunidad el deseo de adherirse a esta observancia reformada del Cister, deseo que se hace realidad en el año 1.953, siendo canónicamente aprobada esta incorparación en julio de 1.954, constituyendo un hecho importante en nuestra historia.
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Monasterio actual
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En 1.972, ante las dificultades económicas para restaurar el magnífico edificio construído por D. Sancho Dávila, la comunidad pensó en trasladarse a las afueras de la ciudad, para vivir más conforme al ideal de soledad y silencio, características de nuestra vida, como D. Sancho, en 1.331, fundara el monasterio en el arrabal noreste de la ciudad, pues, el horizonte monástico es el horizonte del desierto, que se convierte en vergel, con la vida de alabanza a Dios, fraternidad, pobreza y solidaridad compartiendo las angustias y alegrías de la humanidad.
En 1.976 se inician los preparativos para la edificación del nuevo monasterio en el lugar denominado "Rompidos Viejos", en Ctra. de Toledo, colocándose la primera piedra el 29 de junio de 1.976, pudiéndose trasladar la comunidad el día 2 de octubre de 1.978.
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NUESTRA VIDA:
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Cristo Crucificado s.XVII
 San Bernardo. s.XVII
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Somos 18 Hermanas. Nuesta vida es seguir a Jesús, tomando por guía el Evangelio, según el espíritu de San Benito y de nuestros Padres de Cister.
Es una vida dedicada a la búsqueda de Dios, que anima toda nuestra jornada, que se distribuye entre la oración, litúrgica y silenciosa, la lectura de Dios (lectura orante de la Sagrada Escritura y sus comentarios) y estudio, y el trabajo.
Búsqueda de Dios en una vida sencilla, pobre, austera, compartida en fraternidad, alimentada con la Palabra de Dios, con devoción tierna a la Virgen María, nuestra Madre a quien están consagrados nuestros monasterios. Esta vida la llevamos en un clima de soledad y silencio, orientada hacia la experiencia de Dios. Nuestro silencio no es mutismo, sino uso moderado de la palabra, que se discierne por la necesidad y el amor.
Mediante la acogida en la hospedería, ofrecemos un ambiente de paz, de oración y de reflexión a quienes buscan un alto espiritual en su sed de Dios.
Llevando en el corazón la inquietud apostólica de dilatar el Reino de Dios, nuestro modo propio de participar en la misión de Cristo y de la Iglesia y de insertarnos en la Iglesia local, es nuestra misma vida contemplativa.
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