NIGRA SUM

Jean Hani

«Nigra sum sed formosa...» (Cantar de los Cantares)

El simbolismo del color negro se presenta con dos aspectos opuestos, como le sucede a más de un simbolismo: un aspecto benéfico y otro maléfico. Este último, que es el más habitualmente considerado, evoca en el orden material la noche y las tinieblas opuestas a la luz del día, junto con sus peligros; en el orden psicológico, la ignorancia, la ceguera, la pesadez y la materialidad; y en el orden del espíritu, finalmente, la negación de la luz y de la inteligencia espiritual, incluso el satanismo. En su aspecto benéfico, por el contrario, el color negro simboliza el misterio, lo inexpresable, lo indecible, la interioridad y particularmente el Conocimiento.

No hace falta decir que el color de las representaciones negras de la Virgen ha de entenderse en este segundo aspecto, y enseguida comprobaremos que el negro nos lleva a encontrar nuevamente los principales caracteres y atributos de la Virgen ya estudiados. En primer lugar, el carácter ctónico de María asimilada a la tierra: porque el negro evoca la tierra, su superficie, que la mayoría de las veces es oscura, pero más todavía su interior, su profundidad misteriosa, que aflora en grutas y cavernas, esos lugares privilegiados de las manifestaciones de la Virgen, y en sus sustitutos rituales, las criptas. Estos lugares evocan el «seno» de la tierra, en el que la vida se elabora en lo «negro», que nos remite así inmediatamente al seno materno. Otro tanto podría decirse, .por lo demás, del seno de las aguas, cuyas profundidades son imagen de las tenebrosas Aguas primordiales. El seno materno está en relación con todo el misterio de la vida, y la gestación del trigo en la tierra es imagen de la del embrión en el vientre de la madre. Por eso el negro de la tierra, como el de las aguas profundas, tiene dos sentidos: el color visible de su interioridad y el misterio de la gestación oculta de la vida. y tal vez habría que recordar aquí, a propósito del color negro, la relación de la tierra y las aguas con la luna, relación de la que ya hemos hablado largamente, porque hay una «luna negra» durante los períodos oscuros del astro en los que actúa sobre las gestaciones, y hemos dicho que, por esta razón, las entidades divinas de tipo ctónico son también entidades lunares, como Artemisa-Diana. En el mismo orden de ideas, puede mencionarse también el «sol negro», nombre que se daba antaño al solsticio de invierno y cuyo significado era análogo en su plano al de la «piedra negra», de la que hablaremos dentro de un momento. El «sol negro» es el sol de Navidad, el sol, si puede decirse así, de la noche de Navidad, pues tradicionalmente la Virgen dio a luz a Jesús a la hora de «medianoche», en la «gruta» de Belén, como canta el Ofertorio de la misa en la octava de la festividad:

«Mientras un profundo silencio envolvía todas las cosas y la noche alcanzaba la mitad de su curso, desde lo alto de los Cielos Tu Palabra omnipotente, Señor, se lanzó desde el trono real».

Por otra parte, el «sol de medianoche», símbolo tradicional, está en relación con la Natividad de Cristo. En todo caso, es difícil no ver relación entre el «sol negro» y la Virgen negra, tan a menudo llamada Virgo paritura, la «Virgen que tiene que dar a luz»,

La tierra, afectada de color negro, simboliza el polo sustancial de la manifestación, en lo más bajo de la escala del ser: es lo que hemos llamado su simbolismo «negativo»; pero, como hemos dicho también, este simbolismo se invierte, si se considera la cúspide del eje vertical de esta escala, y se vuelve «positivo», porque entonces encontramos el polo sustancial superior de la creación, o sea la Materia prima, que es la materia paritura, a la que también corresponde el color negro. Este color, en efecto, es imagen de la indistinción de la Sustancia, que es no-manifestada, igual que la materia cósmica, en el polo sustancial inferior, oculto también a los sentidos por «imitación» del polo superior. Digamos de pasada que la «Piedra negra» de la Kaaba también tiene este sentido, y lo mismo la Piedra negra de Éfeso como imagen anicónica de la Gran Madre. Así el negro simboliza la Sabiduría celestial, en cuanto «polo femenino» de la manifestación, y por eso la Virgen negra es en cierto modo la manifestación de lo no-manifestado. Apresurémonos a decir que la Virgen María lo es de todos modos, sea cual sea el color que se le atribuya, pero evidentemente el negro precisa de manera particularmente sensible ese aspecto de su naturaleza.

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Y es eso lo que simboliza a fin de cuentas el icono de la Virgen Negra. El color oscuro, ya lo hemos dicho, es la imagen de lo que no se ha manifestado, de lo que permanece oculto, y en este ámbito corresponde a Prakriti, la Sustancia universal, con la que se identifica también María. y este color negro se aplica también a fortiori al grado supremo, que es el más oculto. El negro de la materia prima, que es la indistinción potencial, es el reflejo, en este plano inferior, de la no-distinción principial de lo Infinito, de la Mahashakti, el Eterno Femenino divino, el negro de esa «Tiniebla más que luminosa», para emplear la expresión de Dionisio Areopagita. El icono negro es el icono de la Magna Mater, la Maha-Devi de la India, que en este aspecto se llama Kali, «La Negra», a la que se saluda en estos términos:

Tú eres la imagen de Todo... la madre de Todo... Antes del comienzo de las cosas, existías en forma de una oscuridad que está más allá de la palabra y del pensamiento; y por el deseo creador de ese supremo Brahma, de ti nació el universo entero... Tú eres Kali, la forma primera de todas las cosas... Recobrando tras la disolución (maha-pralaya) tu forma tenebrosa y sin forma, sigues siendo la única, la inefable, la inconcebible (Maha Nirvana tantra).

Si se consideran los dos iconos de la Virgen, el negro y el blanco, puede decirse que el primero simboliza lo Infinito y el segundo la Pureza absoluta, combinándose las dos en cierto modo en la «Constelación de la Virgen», cuya luz destella sobre el cielo oscuro, y en el manto con el que se visten la mayoría de las estatuas de María, manto azul -el azul es un negro atenuado, tradicionalmente sembrado de estrellas de oro. Así, el simbolismo del color negro de la estatuaria mariana abarca todo el espacio que va de la tierra al cielo, desde las tinieblas del seno de la tierra hasta la Tiniebla supraesencial de la Divinidad suprema.

Si había, para algunos, un «enigma» de las Vírgenes negras, es aquí donde tal enigma se resuelve, al propio tiempo que se nos revela el fondo del misterio mariano mismo. Volviendo atrás, en efecto, al punto donde dábamos un resumen de la historia de las estatuas negras de la Virgen, podemos ver confirmada la tesis según la cual la aparición de las vírgenes negras fue obra conjunta de la intuición secular de un pueblo, alimentada por los recuerdos de las antiguas diosas, y la teología superior de los monjes más esclarecidos, que sostuvieron y esparcieron este tipo de imágenes que decían, a quien supiese comprenderlo o al menos presentirlo, lo que la teología corriente y la liturgia tan sólo dejaban oír con medias palabras cuando celebraban la «asunción» de la Virgen al cielo, donde está coronada como «Reina de los ángeles», es decir, puesta por encima de toda la creación, en cuanto «mujer terrena» convertida en «Mujer celestial» y reuniéndose con su origen eterno que se encuentra así manifestado.

De modo que este misterio mariano, a los ojos de aquellos monjes, era de una importancia capital para los cristianos. Y, efectivamente, no es posible exagerar el papel desempeñado por la Madre de Dios en el destino del hombre. Este tema será desarrollado en los capítulos siguientes; pero ya a partir de ahora conviene presentar las bases sobre las que se funda, lo cual nos lleva a completar lo que hemos dicho hasta aquí sobre el lugar de María en la Encarnación de Cristo y la Redención.

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El papel espiritual de María que acabamos de evocar nos lleva directamente a considerar un aspecto importante y característico del culto rendido a la Virgen negra: su relación con la alquimia y con los lazos que ésta mantiene con el arte de los constructores de iglesias. «Las Vírgenes negras», escribe Fulcanelli en El Misterio de las Catedrales, «instaladas siempre en la cripta, representan en ella la materia con la que debían trabajar los alquimistas». Palabras que pueden sorprender a primera vista, y que naturalmente precisan aclaraciones; ya llegaremos a ellas más adelante.

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Antes de seguir adelante, expliquémonos sobre esta manera de hablar, que hay que situar, para comprenderla, en la perspectiva intelectual de las épocas en las que se practicaba la alquimia. En efecto, para el lector del siglo XX, decir que la Virgen es esa materia oscura, esa «tierra» que habrá que purificar para convertirla en el «sujeto» de la Gran Obra, es normal que sorprenda y escandalice; porque estas palabras podrían hacer pensar en una reducción materialista de la Santa Madre de Dios a un pedazo de tosca materia, lo cual sería, al mismo tiempo, una blasfemia y una estupidez. No es aí en absoluto, evidentemente. Esta manera de hablar, como se habrá comprendido, pertenece al lenguaje del simbolismo tradicional que guía siempre al pensamiento en la dirección vertical, o sea, que el objeto material y visible apunta a una realidad intelectual o espiritual; va de Abajo Arriba, de lo visible a lo invisible; nunca en sentido inverso, lo cual sería un punto de vista meterialista y reductor. Dicho esto, dado que el símbolo en sentido tradicional, que no es ni alegoría ni todavía menos un signo convencional, tiene un verdadero valor ontológico debido al hecho de que una analogía lo vincula con una realidad invisible hacia la cual orienta, es completamente legítimo decir que determinado objeto material «es» la realidad superior a la que designa; lo es, naturalmente, en cierto modo, que no es una identificación, pero que con todo es muy real. Ya hemos mostrado anteriormente muchos ejemplos de ello con respecto a la Virgen, a la que se llama «fuente», «jardín», «árbol», «rosa», «puerta», etc. y precisamente «tierra». Siendo esto así, ¿por qué no se iba a poder llamarla también «tierra» del alquimista, dado que a fin de cuentas la alquimia tiene que ver con una actividad espiritual en la que, precisamente, todos los «materiales» utilizados en el «laboratorio» designan en realidad principios que regulan la vida del mundo y la del hombre? Para comprender bien lo que quieren decir los autores herméticos cuando plantean esta especie de ecuación: Virgen negra=tierra del alquimista, conviene recordar todo lo que hemos dicho anteriormente sobre los ters niveles en los que se sitúa el simbolismo de la tierra aplicado a la virgen: el nivel metafísico, en el que la palabra remite a la materia prima o Prakriti; el nivel cosmológico, en el que remite a la sustancia del cosmos; y finalmente el nivel propiamente material, en el que designa la tierra mineral. Si tantos textos religiosos han juzgado conveniente cantar a María con este símbolo, ¿no es porque es una imagen particularmente expresiva de que ella que es la Madre? La Virgen María «es» la tierra, en el sentido de que encarna, por haberla realizado en sí misma, la Sustancia universal y, así, es la «Reina del Mundo» o, para emplear los términos de Villon, la «Regente terrena».

La Virgen negra nos enseña que «bajo tierra», como en una cripta, está escondida «la luz mineral», en lo más profundo de un «cuerpo despreciado», dicen los alquimistas al hablar de la «materia lejana» de la Obra. «Despreciado» pero no despreciable, lo que nos sugiere las palabras del Cantar de los Cantares que la Edad Media aplicó a la Virgen negra: Nigra sum sed formosa, «Negra soy, pero hermosa». Porque si bien la tierra, nuestra tierra, situada en el punto inferior del cosmos, uede por ello aparecer desde cierto punto de vista como un «elemento» poco glorioso, el menos glorioso de los cuatro, es ella sin embargo quien, por otro lado, encierra las energías vitales, salidas de la luz celeste, que hacen surgir toda la naturaleza vegetal. En la oscuridad, la estatua negra nos enseña que, en lo profundo de su cuerpo, se esconde la Luz del mundo; por eso algunas de esas estatuas llevan en el vientre un sol radiante.

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En suma, la Virgen negra, en la perspectiva alquímica, es el prototipo al que debe conformarse el alma del individuo; el alma tiene que volverse «virgen negra», tiene que volverse «humilde tierra», es decir, «aniquilarse» en la perfecta humildad para alcanzar el estado de materia prima, de materia virgen apta para recibir el influyo del Espíritu. El hombre sólo puede hacerlo con ayuda de María, y por eso los alquimistas le atribuyeron ese papel. Ella es realmente la Virgo paritura, la que da a luz a la «piedra» igual que da a luz a Cristo; es decir, da a luz al alma. Y los alquimistas no son los únicos que lo comprendieron; también el pueblo cristiano ha sentido –en menor grado sin duda– que la Virgen negra es la Virgen iniciadora que hace morir y resucitar mediante la luz. Su color negro significa que la Virgen atraviesa el negro por el hombre y así lo hace pasar a la Luz.

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Hemos explicado en otro lugar (en nuestro libro Mitos, ritos y símbolos) la naturaleza y función del icono como instrumento de contemplación, al modo de un mandala; decimos bien: del icono, pues éste no es cualquier imagen «religiosa», sino una imagen realmente «sagrada», es decir, concebida y ejecutada según reglas precisas y por eso mismo capaz de «abrir» el mundo invisible a la mirada de aquel que la contempla.(...) El color oscuro de la Virgen se refiere a la No-manifestación divina, de la cual es soporte en cuanto Madre del Verbo, que también es manifestación de lo No-manifestado. Representa la condición sustancial de la manifestación del Verbo, su base; como tal, tiene que ser soporte de «lo Único», no debe verse manchada por «lo Multiple», identificado simbólicamente con «la carne», ámbito de la cantidad y de la diferenciación. Así es como se convierte en instrumento de contemplación la imagen: el alma del contemplativo, como María, tiene que realizar en su corazón la naturaleza del Verbo, y para ello el alma, como María, tiene que ser «pura» y estar «vacía» para servir de soporte a la Presencia divina. «Si tu alma es sierva y pura como María», dice Angelus Silesius, «al instante quedará preñada de Dios». Como la Virgen, el alma debe levar la impronta de la No-manifestación, es decir, la «oscuridad». Esta impronta, a título transitorio y secundario, es la nox profunda y el «descenso a los infiernos» que constituyen la «muerte iniciática», de la que ya hemos hablado y que se expresa, en la terminología hermética, como «Obra al negro»; a título permanente, es la «extinción» o «indiferencia» con respecto al «mundo», o sea, con respecto a la «ilusión»; es el estado de «pobreza de espíritu» y de «humildad». El color negro significa entonces el «silencio» o ausencia de manifestación en el alma del contemplativo, la hesiquia de la espiritualidad oriental, que en otro estudio Frithjof Schuon asimila al nirvâna.

Ese era, a fin de cuentas, el papel de las imágenes negras de María, que a todos aquellos que las contemplaban con profunda devoción les ofrecían un medio de transmutarse; en distintos grados y cada cual según sus posibilidades. Porque huelga decir que no pretendemos que todos alcanzasen con ello la perfecta «pobreza de espíritu»; incluso hay que decir que sólo eran una pequeña minoría lo que lo conseguían. Pero todos, repetimos, encontraron allí, al menos si tenían voluntad recta, un medio de operara un cambio en su vida. Precisemos bien, por lo demás, que tampoco pretendemos que las estatuas o las imágenes negras de la Virgen fuesen las únicas que cumpliesen tal función, lo cual sería ridículo; lo que decimos es simplemente que la imagen negra, tal vez a causa de la fascinación, era más particularmente apropiada para provocar en el alma del fiel un choque adecuado para hecerle operar un regreso.

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Por otra parte, resultará muy instructivo relacionar con la revelación de Lourdes la aparición o reaparición de numerosos iconos negros en la época que constituyó el acmé del cristianismo occidental, los siglos XI y XII; entre esta aparición y la de Lourdes existe a nuestro entender el estrecho lazo que une el símbolo y la realidad; la Virgen negra es la revelación, en la Edad Media y de modo simbólico, de la realidad trascendente revelada en modo directo en Lourdes, del Misterio de María.

 

Fragmentos extraídos del libro «LA VIRGEN NEGRA Y EL MISTERIO DE MARÍA», Jean Hani. EDICIONES OLAÑETA, ISBN 84-7651-683-5.

 

ANEXOS:

En la Penumbra de la Cripta

Lista de Virgenes Negras

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